viernes, 20 de agosto de 2010

Un tiempo después.

Nos reímos, nos reímos un montón. Lloramos de risa y de tristeza. Conocimos mucho al otro, pero más que nada, nos conocimos nosotros mismos, aprendimos a escucharnos cuando hacíamos oídos sordos a cada letra que intentaba formar una palabra en nuestra mente. El tiempo pasaba y creímos que lo habíamos detenido todo, todo, en una cajita. Quizas lo detuvimos, pero la cajita era frágil, confiamos tanto en esa cajita, que ni la tuvimos en cuenta, y cuando, de repente, nos tropezamos, una vez, quedó resentida, pero aguantó. No así la segunda. El segundo golpe fue incisivo, fue tenaz.
Miramos esas astillas de cristal, transparente pero ya no tan hermoso, y descubrimos muchas cosas. Pero separados.
Descubrimos que no disfrutábamos caer juntos y cicatrizar la herida que eso significara acompañados, sino que solo enaltecíamos nuestros egos, adorando el hecho de que eramos capaces de brindar la ayuda necesaria para curar al otro, sin importarnos más que nosotros mismos.
Descubrimos también que nos creímos una mentira, una mentira hermosa que nos dejó muchas enseñanzas, tantas, tantas, como baches en el alma. Grandes como las promesas que nos hicimos.
Descubrimos por último, que vivir eso, fue mejor que no vivirlo, porque si no lo vivíamos, nunca hubieramos sabido que es hermoso cuando, un tiempo después, desaparece el rencor y la memoria recopila todo aquello que bien nos hizo.
Descubrimos entonces, que fue lindo... que termine.

1 comentario: