Apariencias, traicioneras apariencias. Esas que nos persiguen cuando más distraídos estamos. Creímos serlo. Ser esos seres que nunca sentimos. Pero igual, los creímos.
Es tan fácil como devorarse un cuentito en la infancia. Ella lo ama, él la ama. Algún que otro problemita pero... Terminan juntos. Lloramos, reímos, y nos sentimos parte.
Todas esas historias nos hicieron creer en nosotros mismos, cuando nuestro inconsciente supo que no, no existían. Y como un barquito de papel (¿de qué sino? ¡son los más dulces y los más débiles!) nos dejamos llevar por aguas serenas, y aguas agitadas. Nada importaba, fuimos capitanes de ese barquito. Hasta que pum, cayó la tormenta, de repente.
Y ahí, el barquito se mojó, se deshizo, ni papel reciclado logramos hacer.
Entonces, caíste en la conclusión más triste, más fuerte, menos alegre y más pesimista.
¡Que traicioneros son los cuentos!
Pero siempre, siempre, caemos en ellos... seductores.
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