Yo pensaba que estaba loca, parecía serlo. Siempre se vestía con todos los colores del arco iris, y más. Uno no la entendía cuando hablaba, porque hablaba cosas raras y sin sentido. Quizás porque nunca la escuchamos, o quizás porque realmente no ataba ningún nudo con sus palabras, no lo sé.
Pero lo que si era cierto, era que ella no creía en ella. Creía en sus lentes.
No, no estoy loca yo también. Ella, se ponía los lentes rosas y el amor existía para todos, regalaba frases hermosas a quién las necesitara, y las flores crecían hasta en el helado invierno. Pero cuando los cambiaba por los oscuros lentes negros, ni el verano más luminoso merecía una sonrisa en su extraño rostro. El pesimismo ahondaba cada accionar de su ser, negro, obscuro. Bajaba de un hondazo a quién creyera que la vida era feliz, porque para ella, esos días con esos lentes, no eran felices.
Y así, cambiaba su personalidad según sus gafas, las verdes contagiaban de esperanza hasta a quien tenía menos chances de vivir, las naranjas brindaban alegría, las azules le daban serenidad...
Cuentan que un día (no sé si es cierto o no, es lo que se comenta) la chica de los lentes de colores, comenzó a ver borroneados sus sentimientos, algo le pasaba y no comprendía qué.
Sus conocidos, porque no tenía amigos capaces de soportar sus variados estados de animo, le comenzaron a querer solucionar el problema de falta de nitidez. Algunos le dijeron que debía dejarse unos siempre, pero pensó que no le funcionaría, uno no es siempre feliz, ni siempre calmo, ni siempre esperanzador. Otros le recomendaron que se acostumbre a ese problema, que molestaría al principio pero que en algún momento no lo iba a notar. Pero ninguna respuesta parecía contentarla.
Hasta que un día, decidió optar por lo convencional. Fue al oculista. Claro, ¿dónde sino? Era obvio, es el lugar donde la gente va cuando tiene problemas de vista.
El oculista, que se sorprendió mucho al verla con las decenas de lentes colgando en su cuello, pensó que era una promotora de alguna óptica (desconfió al instante al ver el mal gusto de sus modelos) pero se confundió, era la siguiente paciente de la lista.
La chica le comentó el problema, y él le pasó a realizar el correspondiente exámen oftalmológico.
No tenía ningún problema. Es más, tenía una vista envidiable.
Se fue del oculista, y camino a su casa se encontró con un muchacho raro, de apariencia similar a la suya, pero mucho más alto y sin lentes colgando en su cuello. Él le preguntó si tenía algún problema y ella, aunque al principio se asustó, le comentó su conflicto. Antes de que termine su relato, el chico desconocido le dijo: -Claro, entonces empezaste a ver borroneado. La chica rara se sorprendió y asintió con la cabeza estupefacta. Entonces el chico añadió: -El problema no son tus ojos, el problema no es tu vista, el problema son tus lentes. No podes pretender ver el mundo de una sola forma, de un solo color. Nada es tan lindo ni tan feo en esta vida, simplemente es la suma de todas esas cosas… ¡Por suerte! Ahora probá sacarte esos lentes, y vas a ver que lo mejor que tiene este mundo, es la suma de todas las cosas que te, que me, que nos, que les pasa a cada uno de sus habitantes.
En ese momento, sin lentes, fue todo color de rosa por un instante, se miraron, se tomaron de la mano, y siguieron caminando por un mundo lleno de colores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario