martes, 31 de agosto de 2010

Oir, oirse, en silencio.

Este era un chico como cualquiera, uno más. Pero obviamente, diferente. Tenía un problema, que a veces se llamaba virtud. Su oido derecho le funcionaba con delay. Si, así, apenas terminaba de escuchar algo con el oído izquierdo, el derecho repetía como un loro lo que escuchaba del otro. Había días en que cada cosa, mínima, la escuchaba dos veces, y le resultaba repetitiva, redundante, trillada. Otros día, el oír dos veces aquello que le decían, le hacía dar cuenta de que uno no siempre tiene que actuar por impulsos, sino que revisar aquello que nos dicen, sirve para comprender mejor, y tener una mejor elección. Amaba escuchar dos veces palabras de aliento, siempre le fueron necesarias, le daban seguridad, descanso, animo. Pero claro, cada cosa buena tiene su antagonista, su revancha, porque cuando alguien lo insultaba, o le discutía su postura, escucharlo dos veces le resultaba agotador, nadie quiere escuchar posturas opuestas, y mucho menos repetidas veces. Era el que tenía los apuntes más completos de la clase, pero al tener que escucharlo nuevamente, perdía la esencia de sus clases, la de comprender, más allá de las palabras. Ahondar en cada una de las explicaciones, le costaba muchísimo, porque se parecía más a una máquina de escribir, que a un estudiante que se está formando.
Siempre, siempre, su problema solía ser pésimo, y solía ser lindo. Por momentos lo acompañaba, lo hacía resaltar, lo hacía diferente e increíble, pero otras, lo aislaba, lo enervaba, lo hacía enfurecer incluso.
Hasta que, un día, se dió cuenta que, el escuchar tanto las voces ajenas, si bien a veces lo alegraba y otras lo afectaba, hacía que se olvidara de su voz interior. Esa no se repetía, claro, no tenía que hacer uso de sus oídos para tenerla presente, sino, que era única, y le pedía a gritos ser comprendida.

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