viernes, 3 de septiembre de 2010

Juego catártico. (con Maqui)

Generar tensión es la habilidad más débil; refugiar el propio temor, enmascarado. Dañar al querido para salvar el propio pellejo.
No pensar en sentimientos ajenos, como naturaleza humana, que la rige el egoísmo, el ombligo. Pensar en función de uno, sin importar el deseo ajeno, que siempre sea eludido, vacío, como en definitiva uno mismo.
Un rompecabezas existencial, universal, la pieza perdida, la causa de nostalgia para el fácil triste, el objeto utópico del perdedor hermoso.
Terminar perdiendo, con cicatrices dolorosas, punzantes, y ahí es cuando recordamos ese otro preciado. Y queremos cicatrices sanadas dulcemente, no con sal, rápidamente, sino con dulzura abstracta.
Queriendo cobijar con un monto de autocompasión la sangre avinagrada, la herida que nunca sana, que vuelve roca y sedimento en forma simultánea. La falta de nada, de ese todo que siempre es poco; la pulsión que nos es inscripta desde el vientre.
Por eso pido renacer, que terminen de caer las hojas de este árbol de otoño, tristes, melancólicas, grises, y solitarias, para llenarlas de hojas verdes, de manzanas dulces, manzanas prohibidas, que impulsen un cambio, un desafío. Morderlas y sentir ese nuevo sabor, a la espera de no saber con qué uno se va a encontrar en esa vuelta.
Que es infinita, la satisfacción es momentanea, tanto como la calidez de la brisa de verano, una vez que te toca, se espera el invierno. Uno se encuentra en alguna parte del circulo y se llega al punto de no saber si se camina, o se está detenido y lo demás gira.
Yo sigo en el medio, gritando, gritándote que solo necesito un camino que recorrer y que transgredir, y otra persona que me ayude a ver los centenares de caminos que me niego a conocer.

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