Apenas terminaban la comida, el niño se acercaba al tío y aunque no le decía nada, él ya sabía qué quería: el burbujero. Por momentos no quería volver, aunque quisiera ir al baño, o frenar para tomar algo. Era su pasatiempos preferido, hacer burbujas, y observarlas.
Uno de esos domingos, Joaquín se sintió mal. Se dió cuenta que, aunque era su pasatiempos preferido, y aunque nunca se cansaba de mirarlas, las burbujas, que eran perfectas, esferas preciosas en las que siempre veía un arcoiris hermoso y brillaban más que cualquier otra cosa que él había visto en su corta vida, siempre acababan reventando, nunca podía quedarse con una de ellas, para guardarla en el bolsillo y mirarla cada vez que quisiera. El tío, le contestó. Lo fantástico de las burbujas no está en ellas mismas, lo mejor de ellas es que uno siempre está dispuesto a llenar los pulmones de aire, para soplar todo y no dejar ni un poquito, con paciencia, para no arrebatar al burbujero, y darse cuenta que ese gran esfuerzo, siempre vale la pena, porque siempre te devuelve un globo de aire perfecto, que brilla le dé o no el sol. Y cuando te sientas mal, porque resultan efímeras, instantáneas, fugaces, no dudes en que es un incentivo para hacer otra, y otra, y otra.
Joaquín, abrazó y le regaló una sonrisa enorme al tío, llenó sus pulmones de aire, y lleno el cielo de burbujas, como todos los domingos.
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