Era un mundo maleable, blando, hasta influenciable. Era arcilla en busca de un artista que buscara malear su material, para lograr una forma única, irrepetible, sin series, sin similares, sin parecidos. Y ahí llegaste. Cavaste un pozo con tus manos en arcilla fresca, y allí me dejaste, en el fondo, con tu mano cerca, para creer en la promesa que nunca fue certera. Sacaste tu brazo, tus dedos auténticos e irrepetibles. Lo sacaste y me dejaste en un pozo oscuro, un pozo sin fin, un pozo que era tuyo y mío, pero vos ya no estabas. Tu brazo lejano, tu mano no me tomaban de la mía, solo quedaban promesas de caricias, recuerdos que quedaron solo en la memoria.
Muchos otros brazos, muchas otras manos, intentaron meterse, rescatarme de ese lugar que todavía tenía tu aroma, tu piel, tus huellas dactilares grabadas a fuego. Pero ninguna entró. Ninguna era capaz de encajar en esa forma singular que tu brazo dejó solo en la memoria de esa arcilla ya no fresca, sino dura, rígida, firme.
Y solo tu brazo es capaz de rescatarme, es el único que puede volver, para recuperar mi libertad, esa libertad de la que vos solo podes privarme, y la cual vos solo sos capaz de hacerme recuperar.
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