miércoles, 27 de octubre de 2010

Gris

Este era un hombre gris. No literalmente hablando, no era gris gris. Pero si llevaba una vida gris. Sus días eran sistemáticos, estructurados, nada se le salía de lugar nunca. No tenía amigos, porque se podía pelear, no tenía amores, porque podía sufrir, no jugaba ningún deporte porque podía lastimarse, no tenía hobbies porque podía cansarse. Nada lo motivaba, pero tampoco nada lo frustraba. Era gris y eso le bastaba.

Había días en los que se le ocurría hacer alguna modificación en su vida, algún cambio, cumplir algún sueño. Pero en esos momentos lo único que hacía era escribirlos en un papel, y meterlos debajo de su alfombra, al pie de la cama. A veces veía (de lejos, porque ni se acercaba a la gente) personas que quería imitar, y ahí encontraba inspiración para sus no-metas, sus no-sueños que se convertían en papelitos escritos, y luego se convertían en papelitos amarillos, de lo viejo que se ponían.

Años pasaron sin que nada altere su rutina, levantarse, tomar el desayuno, salir a trabajar sin hablar con nadie, volver caminando, sentarse en su patio a tomar té, volver a entrar, escuchar las noticias e irse a dormir.

Pero un día se quedó dormido en su tarde de té, y soñó algo raro. Soñó que su vieja alfombra lo llamaba a gritos, y le pedía por favor que se siente en ella. No era algo normal y eso, aunque permanecía dormido, lo intranquilizaba. Cuando se acercó a la alfombra, esta le dijo que solo debía sentarse en ella y esperar a que algo grandioso le sucediera. Era todo un desafío para él, porque nunca había enfrentado una cosa de esa magnitud, aunque tan tonto parecía. Dudó. Parecía saber que todo era un sueño. Pero finalmente se decidió, y tímidamente se sentó en la alfombra. Apenas lo hizo un sacudón hizo que toda su piel se erizara. De repente estaba rodeado de todo aquello, todo lo escondido en tantos años debajo de la alfombra. Había polvo, papeles añejos, y desafíos. Desafíos chiquitos, desafíos enormes. Sentía lo mismo que se siente cuando uno se sube en una montaña rusa en la panza, eso. Vértigo. Y también sintió un vació en el pecho, una angustia que dolía hasta en lugares desconocidos para él. Se sintió esperanzado porque veía que las cosas podían funcionar, y se sintió fracasado cuando ni el optimismo lo alentaba.

Y se despertó. Y sonrió, porque por primera vez, había sentido, porque aunque en sueños, tuvo una adrenalina que no podía describir con palabras, porque ahora quería arriesgarse y llevarse el mundo por delante, y porque por primera vez, no era un hombre gris.

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