No puedo dejar de sorprenderme ante el asombroso fuego. Que quema, si, quema y hace desastres. Pero es hermoso cuando abriga una ronda de amigos y guarda todos los secretos y anécdotas que ni uno es capaz de recordar. Y es radiante, porque resplandece, brilla. Brilla azul y me da calma, brilla rojo pasión, brilla naranja alegría. Pero lo que más me conquista del fuego es lo efímero que puede ser el dibujo que él irradia. Aprovechar ese momento único que te regala esa llamarada, que nunca más va a volver a repetirse en tu retina, pero si en el recuerdo de aquella ocasión en la que el fuego fue protagonista. Y lo genial es que uno no se desilusiona al perder esa forma que solo una vez va a suceder, porque la siguiente es más hermosa que la anterior. Seamos fuegos que iluminan y abrigan, seamos llamarada que siempre se renueva, seamos sagaces de no arrepentirnos de perder aquella vieja figura que nos regaló el fueguito, sino de esperanzarnos del próximo bosquejo que vendrá.
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