lunes, 18 de octubre de 2010

No cultivo un panadero (ni en junio, ni en enero)


Si pensabas regalarme una rosa, yo solo te digo que no. No porque no quiera nada de vos, no porque no quiera su aroma fresco, ni su color encandilando mi retina. No la quiero, porque está llena de espinas, complicadas y punzantes. No la quiero, porque es hermosa, acompañado del rosal, con sus hojas puntiagudas, en la tierra, contenta buscando el sol, demostrándole al jardinero lo importante que fue cultivarla y regarla, amándola desde pimpollo. No quiero esa rosa. Yo prefiero un panadero. Es simple y silvestre. No se va a poner celoso de que hay otro mejor que él, porque ellos no son más que iguales. Pero yo quiero que me regales tal o cual panadero. Elegilo, como si fuera el más preciado de los regalos, como el más valioso. Cuando lo tengas elegido, dámelo, esperá que piense un deseo, y ayudame a volar cada una de sus pelusitas, con el viento, y que vuelen alto, hasta encontrar la forma de que ese deseo se vuelva realidad. Y si ese panadero fue bien elegido, es porque el deseo que yo pedí también es el tuyo: nosotros.

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