jueves, 28 de octubre de 2010

Arcilla de tus manos.

Era un mundo maleable, blando, hasta influenciable. Era arcilla en busca de un artista que buscara malear su material, para lograr una forma única, irrepetible, sin series, sin similares, sin parecidos. Y ahí llegaste. Cavaste un pozo con tus manos en arcilla fresca, y allí me dejaste, en el fondo, con tu mano cerca, para creer en la promesa que nunca fue certera. Sacaste tu brazo, tus dedos auténticos e irrepetibles. Lo sacaste y me dejaste en un pozo oscuro, un pozo sin fin, un pozo que era tuyo y mío, pero vos ya no estabas. Tu brazo lejano, tu mano no me tomaban de la mía, solo quedaban promesas de caricias, recuerdos que quedaron solo en la memoria.

Muchos otros brazos, muchas otras manos, intentaron meterse, rescatarme de ese lugar que todavía tenía tu aroma, tu piel, tus huellas dactilares grabadas a fuego. Pero ninguna entró. Ninguna era capaz de encajar en esa forma singular que tu brazo dejó solo en la memoria de esa arcilla ya no fresca, sino dura, rígida, firme.

Y solo tu brazo es capaz de rescatarme, es el único que puede volver, para recuperar mi libertad, esa libertad de la que vos solo podes privarme, y la cual vos solo sos capaz de hacerme recuperar.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Gris

Este era un hombre gris. No literalmente hablando, no era gris gris. Pero si llevaba una vida gris. Sus días eran sistemáticos, estructurados, nada se le salía de lugar nunca. No tenía amigos, porque se podía pelear, no tenía amores, porque podía sufrir, no jugaba ningún deporte porque podía lastimarse, no tenía hobbies porque podía cansarse. Nada lo motivaba, pero tampoco nada lo frustraba. Era gris y eso le bastaba.

Había días en los que se le ocurría hacer alguna modificación en su vida, algún cambio, cumplir algún sueño. Pero en esos momentos lo único que hacía era escribirlos en un papel, y meterlos debajo de su alfombra, al pie de la cama. A veces veía (de lejos, porque ni se acercaba a la gente) personas que quería imitar, y ahí encontraba inspiración para sus no-metas, sus no-sueños que se convertían en papelitos escritos, y luego se convertían en papelitos amarillos, de lo viejo que se ponían.

Años pasaron sin que nada altere su rutina, levantarse, tomar el desayuno, salir a trabajar sin hablar con nadie, volver caminando, sentarse en su patio a tomar té, volver a entrar, escuchar las noticias e irse a dormir.

Pero un día se quedó dormido en su tarde de té, y soñó algo raro. Soñó que su vieja alfombra lo llamaba a gritos, y le pedía por favor que se siente en ella. No era algo normal y eso, aunque permanecía dormido, lo intranquilizaba. Cuando se acercó a la alfombra, esta le dijo que solo debía sentarse en ella y esperar a que algo grandioso le sucediera. Era todo un desafío para él, porque nunca había enfrentado una cosa de esa magnitud, aunque tan tonto parecía. Dudó. Parecía saber que todo era un sueño. Pero finalmente se decidió, y tímidamente se sentó en la alfombra. Apenas lo hizo un sacudón hizo que toda su piel se erizara. De repente estaba rodeado de todo aquello, todo lo escondido en tantos años debajo de la alfombra. Había polvo, papeles añejos, y desafíos. Desafíos chiquitos, desafíos enormes. Sentía lo mismo que se siente cuando uno se sube en una montaña rusa en la panza, eso. Vértigo. Y también sintió un vació en el pecho, una angustia que dolía hasta en lugares desconocidos para él. Se sintió esperanzado porque veía que las cosas podían funcionar, y se sintió fracasado cuando ni el optimismo lo alentaba.

Y se despertó. Y sonrió, porque por primera vez, había sentido, porque aunque en sueños, tuvo una adrenalina que no podía describir con palabras, porque ahora quería arriesgarse y llevarse el mundo por delante, y porque por primera vez, no era un hombre gris.

lunes, 25 de octubre de 2010

Fuegos


No puedo dejar de sorprenderme ante el asombroso fuego. Que quema, si, quema y hace desastres. Pero es hermoso cuando abriga una ronda de amigos y guarda todos los secretos y anécdotas que ni uno es capaz de recordar. Y es radiante, porque resplandece, brilla. Brilla azul y me da calma, brilla rojo pasión, brilla naranja alegría. Pero lo que más me conquista del fuego es lo efímero que puede ser el dibujo que él irradia. Aprovechar ese momento único que te regala esa llamarada, que nunca más va a volver a repetirse en tu retina, pero si en el recuerdo de aquella ocasión en la que el fuego fue protagonista. Y lo genial es que uno no se desilusiona al perder esa forma que solo una vez va a suceder, porque la siguiente es más hermosa que la anterior. Seamos fuegos que iluminan y abrigan, seamos llamarada que siempre se renueva, seamos sagaces de no arrepentirnos de perder aquella vieja figura que nos regaló el fueguito, sino de esperanzarnos del próximo bosquejo que vendrá.

lunes, 18 de octubre de 2010

No cultivo un panadero (ni en junio, ni en enero)


Si pensabas regalarme una rosa, yo solo te digo que no. No porque no quiera nada de vos, no porque no quiera su aroma fresco, ni su color encandilando mi retina. No la quiero, porque está llena de espinas, complicadas y punzantes. No la quiero, porque es hermosa, acompañado del rosal, con sus hojas puntiagudas, en la tierra, contenta buscando el sol, demostrándole al jardinero lo importante que fue cultivarla y regarla, amándola desde pimpollo. No quiero esa rosa. Yo prefiero un panadero. Es simple y silvestre. No se va a poner celoso de que hay otro mejor que él, porque ellos no son más que iguales. Pero yo quiero que me regales tal o cual panadero. Elegilo, como si fuera el más preciado de los regalos, como el más valioso. Cuando lo tengas elegido, dámelo, esperá que piense un deseo, y ayudame a volar cada una de sus pelusitas, con el viento, y que vuelen alto, hasta encontrar la forma de que ese deseo se vuelva realidad. Y si ese panadero fue bien elegido, es porque el deseo que yo pedí también es el tuyo: nosotros.

jueves, 14 de octubre de 2010

El escondite de la incertidumbre

No me digas basta,

ni me digas para siempre.

No me inventes mentiras,

ni me muestres la realidad

No quiero enfrentarte

pero tampoco perderte.

No quiero que se repita,

no quiero volver a empezar.

No quiero que seas todo,

ni que nada empieces a ser.

Quiero aprender de todo,

pero no quiero que sea con vos.

No me hagas sufrir de nuevo,

pero si haceme sentir.

No acepto el desconsuelo,

ni la esperanza del porvenir.

Busquemos pero separados,

pero no te alejes que me duele.

Sintamos que nos queremos,

pero para quererme a veces.

miércoles, 6 de octubre de 2010

El secreto del cielo

En el pueblito de Luis, todos los días salía el sol, y se dejaba ver. No había día en que uno se asomara por la ventana y no lo viera radiante, y hermoso. Los ancianos del pueblo se pasaban horas tomando mate en los patios de las casas y los nenes jugando en la vereda hasta que se hiciera de noche. Todos disfrutaban de eso, todos amaban tener el sol siempre para ellos, cuando hacía frío no hacía falta más que quedarse quietito en algún lado que de el sol, y esperar que haga lo suyo. No les preocupaba si el pronóstico del tiempo anunciaba lluvias por todo el fin de semana, porque a ellos no les afectaba. Eso generaba un ambiente muy lindo, ya que siempre se escuchaban risas de los vecinos y sonrisas entre los amigos.

Pero un día, Luis, estaba en su vereda y de repente, su vecino, llamado Julián, se tropieza, y sin querer, le rompe el juguete preferido de Luis, quien le gritó tan fuerte como pudo y lo empujó.

En ese preciso momento, en el pueblo se asomó una nuebecita, pequeña y casi insignificante, pero era una cosa extraña allí, porque nunca aparecían. Julián le contestó más fuerte aún, diciéndole que había sido sin querer, pero de mala manera y hasta insultándolo. Otra nube, un poco más grande, se posó sobre el cielo del querido pueblo. Y así, siguieron discutiendo un rato más, cada vez que uno hablaba de mala manera, otra nube (cada vez más enorme) cubría el cielo.

Al armar tanto alboroto, comenzaron a llegar otros nenes. Los más amigos de Luis, lo ayudaban a gritarle a Julián, y los más amigos de Julián, insultaban a Luis, fuertemente.

De repente, era todo un griterío y todos se la comenzaron a agarrar contra todos, y así, el cielo, cada vez estaba más lleno de nubes, grises y negras, como cuando está por llover.

Un viento muy fuerte se levantó, y en el pueblo que jamás llovía, comenzó a llover, decenas de rayos y truenos, llenaron el lugar, y los vecinos corriendo y espantados, por no estar acostumbrados a ese tipo de clima, empezaron a entrar en sus casas. Los nenes seguían ahí, gritándose y discutiendo, hasta que de repente llegaron dos señores, uno alto y morocho, y uno petiso y rubio, muy distintos físicamente. Ellos gritaron más fuerte que ninguno de los nenes pidiendo silencio. Los chicos se quedaron callados al instante. Ellos les contaron, que cuando tenían su edad, también había llovido en ese pueblo, y que había sido por culpa de ellos dos.

El muchacho alto y el muchacho petiso, se llevaban muy mal, y al ser tan diferentes un día se pusieron a discutir y terminaron a los gritos como ellos, y poco a poco, el cielo celeste se convirtió en gris, y la lluvia comenzó a caer. No sabían que hacer, se quedaron estupefactos al ver un cielo tan gris en un pueblo donde siempre era tan azul y tan hermoso al igual que ellos en ese momento. Pero después de un rato largo se pidieron perdón y las cosas empezaron a cambiar.

El hombre petiso les dijo que cada vez que ellos se trataban mal, se posaba en el cielo una nube, y cada vez que se pedían perdón, se retiraba. También les dijo que el secreto para que el sol siempre brillara en su querido pueblo, era el trato amable que había entre los vecinos, pero que casi nadie lo sabía, era un secreto que solo se debía contar cuando era necesario, como en ese caso.

En ese momento, a los chicos mucho no les inetresó el consejo de esos vecinos, y se fueron a sus casas enojados. A la mañana siguiente, quisieron salir a jugar a las figuritas, pero no podían, porque se les empapaban y se arruinaban, quisieron ir a jugar a la pelota pero el campito estaba arruinado por el barro, y encima, entre los pocos que se llevaban bien no alcanzaba para hacer un buen partido, así que volvieron a sus casas. Cuando llegaron veían a sus familiares aterrados de tener lluvia en ese pueblo, algo tan raro. Y todo por la desunión que se generaba por una pelea tonta y sin sentido.

De a poco se fueron juntando todos en la vereda de Luis nuevamente, como el día anterior y se pusieron a charlar.

Los nenes preocupados por tener el cielo tan gris y aburrido, y la lluvia aterrando a sus familiares, comenzaron a pedirse perdón unos a otros, Julián le dijo a Luis que había sido simplemente un accidente y este le dijo que tenía razón, que a él también le podría haber pasado.

De a poco el clima fue cambiando y el día se volvió a poner tan lindo como siempre, ahora, todos compartían el secreto de saber por qué siempre el sol salía en su pueblo, y comprendieron que les gustaba más el cielo azul y brillante para disfrutarlo todos juntos, que el gris y lleno de gritos que habían vivido esos días. Entendieron al fin, que al estar unidos ganaban mucho más de lo que perdían discutiendo, tratándose mal y poniendo sus días grises.