domingo, 26 de septiembre de 2010

Meteorología ausente

Hay muchos indicios,
diarias profecías,
que anticipan la lluvia,
que te advierten y avisan.
Pronóstico del tiempo
más o menos errado,
dolor de rodillas,
el pelo encrespado.
Pero nadie me avisó,
ni tuve un solo informe
del dolor interno,
de la lluvia del alma.
Cientos de poetas,
con lindas metáforas,
suelen identificarte
pero jamás avisarte
el día que llegará.
Caos subjetivo,
angustia en el pecho,
no lo llevan las olas,
ni el poder del viento.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

El impulso del perdedor.

Cada domingo, Joaquín se juntaba con toda su familia en la casa de sus abuelos. Compartían esa tradición desde siempre, alguno llevaba un postre, y pasaban horas y horas charlando y contando anécdotas de años pisados. Joaquín era el más chiquito de la familia, y no tenía alguien de su edad para jugar, por lo que se aburría seguido. Su tío, que era muy compinche de él, siempre le preparaba con un pedacito de alambre, y una taza con detergente y agua, un burbujero. Joaquín se podía pasar horas haciendo burbujas, grandes y pequeñas, que duraban una pequeña eternidad o que casi no lograba visualizarlas.
Apenas terminaban la comida, el niño se acercaba al tío y aunque no le decía nada, él ya sabía qué quería: el burbujero. Por momentos no quería volver, aunque quisiera ir al baño, o frenar para tomar algo. Era su pasatiempos preferido, hacer burbujas, y observarlas.
Uno de esos domingos, Joaquín se sintió mal. Se dió cuenta que, aunque era su pasatiempos preferido, y aunque nunca se cansaba de mirarlas, las burbujas, que eran perfectas, esferas preciosas en las que siempre veía un arcoiris hermoso y brillaban más que cualquier otra cosa que él había visto en su corta vida, siempre acababan reventando, nunca podía quedarse con una de ellas, para guardarla en el bolsillo y mirarla cada vez que quisiera. El tío, le contestó. Lo fantástico de las burbujas no está en ellas mismas, lo mejor de ellas es que uno siempre está dispuesto a llenar los pulmones de aire, para soplar todo y no dejar ni un poquito, con paciencia, para no arrebatar al burbujero, y darse cuenta que ese gran esfuerzo, siempre vale la pena, porque siempre te devuelve un globo de aire perfecto, que brilla le dé o no el sol. Y cuando te sientas mal, porque resultan efímeras, instantáneas, fugaces, no dudes en que es un incentivo para hacer otra, y otra, y otra.
Joaquín, abrazó y le regaló una sonrisa enorme al tío, llenó sus pulmones de aire, y lleno el cielo de burbujas, como todos los domingos.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Pintando resentimiento me encontré

Tomé un cartón, le puse color
le puse cariño, le puse de mi,
taché ese cariño, por puro rencor,
y en negro enorme arriba escribí.


No quiero verte, ni abrazarte
no espero nada solo acostumbrarme
a que las cosas así son
ya no hay más un colorido cartón.



Y no me va a importar
al oído te digo que te quiero borrar
como las nubes al sol
como las nubes al sol.

martes, 14 de septiembre de 2010

Abrigo sin hilos.

No quiero frases lindas

Ni discursos armados y pensados

Disfruto la espontaneidad,

El arrojar pensamientos sin sentido

Que siempre tienen más sentido

Que el que le solemos otorgar.

Podés hacerme cientos de frases hermosas

Miles de explicaciones metafísicas

Pero ninguna me va a llenar tanto

Como una sonrisa y un abrazo entre tanto frío.

Frío, en verano y en invierno.

Frío de no pensar, frío de no medir consecuencias

Frío de egoísmo, de recelo.

Frío en el alma cuando más calor tengo.

Frío.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Juego catártico. (con Maqui)

Generar tensión es la habilidad más débil; refugiar el propio temor, enmascarado. Dañar al querido para salvar el propio pellejo.
No pensar en sentimientos ajenos, como naturaleza humana, que la rige el egoísmo, el ombligo. Pensar en función de uno, sin importar el deseo ajeno, que siempre sea eludido, vacío, como en definitiva uno mismo.
Un rompecabezas existencial, universal, la pieza perdida, la causa de nostalgia para el fácil triste, el objeto utópico del perdedor hermoso.
Terminar perdiendo, con cicatrices dolorosas, punzantes, y ahí es cuando recordamos ese otro preciado. Y queremos cicatrices sanadas dulcemente, no con sal, rápidamente, sino con dulzura abstracta.
Queriendo cobijar con un monto de autocompasión la sangre avinagrada, la herida que nunca sana, que vuelve roca y sedimento en forma simultánea. La falta de nada, de ese todo que siempre es poco; la pulsión que nos es inscripta desde el vientre.
Por eso pido renacer, que terminen de caer las hojas de este árbol de otoño, tristes, melancólicas, grises, y solitarias, para llenarlas de hojas verdes, de manzanas dulces, manzanas prohibidas, que impulsen un cambio, un desafío. Morderlas y sentir ese nuevo sabor, a la espera de no saber con qué uno se va a encontrar en esa vuelta.
Que es infinita, la satisfacción es momentanea, tanto como la calidez de la brisa de verano, una vez que te toca, se espera el invierno. Uno se encuentra en alguna parte del circulo y se llega al punto de no saber si se camina, o se está detenido y lo demás gira.
Yo sigo en el medio, gritando, gritándote que solo necesito un camino que recorrer y que transgredir, y otra persona que me ayude a ver los centenares de caminos que me niego a conocer.