lunes, 15 de noviembre de 2010

Penumbra

No tenía un norte en su vida, solo vivía por vivir, superando el día y padeciendo la noche. Nada lo contentaba, ni le llamaba la atención. Deseaba tener miradas cómplices y no se animaba a mirar a nadie a los ojos, buscaba algo diferente en las cuatro paredes de su habitación que lo rodeaban, lo encerraban.

Una tarde, decidió ir a dar una vuelta manzana por la vereda de su barrio, que poco conocía. Era una tarde de sol, donde la brisa de verano contentaba a todos, pero su rostro no daba indicio ni de la más mínima satisfacción. Siguió caminando y de repente, mirando al piso, vió algo que lo motivó por primera vez en años. Al principio no lo notó, pero aquello que tanto ansiaba agarrar lo perseguía, le acompañaba los pasos. Intentó agarrarla, hambriento de compañía, pero no pudo, daba vueltas, y vueltas, tratando de acercarse, lentamente, para poder tomarla y quedarse con ella para siempre, pero tampoco pudo. Decidió entonces, rendirse, por lo menos por un momento y siguió caminando.

Solo cuando se hizo de noche dejó de caminar, y miró nuevamente para abajo, pero no estaba más, se había ido. Volvió a su casa, no paró de pensar en ella. A oscuras, en su habitación, escuchaba el silencio más fuerte que nunca, y pensaba en ella. Ella lo llenaba de angustia, ella le daba la sensación de un vacío en el pecho inmenso.

A la mañana siguiente, volvió a caminar por las mismas calles que el día anterior, y ella seguía ahí, esperando llenarlo de ilusiones por el día, y llenándolo de tristeza por las noches. Cada día, cada tarde ella lo seguía, para que, sin sentido, se sintiera acompañado. Así, semanas y semanas, padeciendo la misma rutina.

Un día, intentó por primera vez, ignorarla, caminar mirando para adelante, sin bajar la vista para no poder encontrarla. Intentó huir de ella lo más rápido que pudo, y ni se interesó en ver si ella estaba o no. Fue solo entonces, que comenzó a saludar a sus vecinos, que nunca los veía encerrado en su habitación, fue solo ahí, cuando se dio cuenta de que sus amigos lo estaban esperando en el mismo lugar que siempre, fue entonces, que sus familiares lo abrazaron fuertemente de nuevo, fue entonces, que esa mujer que tanto lo miraba consiguió una mirada cómplice. Fue entonces, que su sombra, que la sombra de la soledad era totalmente ignorada, y ya no tenía quien la persiga, quién le de importancia. No tenía a quién hacer sufrir por las noches, no tenía a quién sentir abandonado, ni desamparado. Y contenta, porque es su esencia, volvió a quedarse sola.

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