jueves, 20 de octubre de 2011

El nudo.

En el momento en que levantó la mirada, recorrió por su cuerpo un temblor. Su ceño fruncido funcionaba como foco para ver el otro lado. Ese otro lado, era un lugar tan desconocido como deseado. Tenía que llegar de alguna forma, porque en el lado que se encontraba estaba incompleto, pero la distancia que alejaba el piso que pisaba sus pies, del piso que deseaba sus pies era desesperanzadora. Solo contaba con una soga de insignificante tamaño, en comparación al trayecto que debía recorrer, pero algo le decía que era lo que necesitaba para lograrlo. Ni su ánimo, ni su fuerza eran suficientes. De ninguna manera, bajo ninguna circunstancia iba a poder cruzarlo, o eso creía…

Tomó la soga. La recorrió con la mirada, la experimentó con el tacto. Investigó cada uno de los hilos que la formaban, capturó con la memoria su textura. Hasta que descubrió algo: cada uno de los nudos que la transitaba lo incomodaban. Sentía un rechazo tan fuerte por esas ataduras como fuertes estaban enlazadas. Y sin saber por dónde arrancar, comenzó.

Eran decenas de nudos. Con algunos, parecía absurdo intentar. Eran complejas vueltas, encadenadas, tirantes. A esas les tuvo que dar más atención. Otras parecían difíciles pero era lo que su visión le sugería, pero en la práctica, con un poco de ingenio se resolvieron. Así pasó un largo rato, descubriendo y resolviendo nudos.

Cuando terminó, y tuvo por fin la soga sin ningún estorbo, era una soga distinta. La miraba de otra forma, él se sentía de otra manera. Ya no parecía tan inútil. Era como si las cientos y cientos de fichas que formaban su rompecabezas interior, se redujeran a unas pocas decenas. Estaba cada vez más cerca…

Como si un chasquido de dedos le hubiera dado la señal, se paró, con una actitud totalmente distinta a la del comienzo, e intentó otra vez, con otra certidumbre. Veía cada vez más cerca y con más ganas el otro lado. Tomó la nueva soga, y en dos o tres intentos logró que llegue al otro lado. Y allí estaban, en ese otro lado, sus amigos, sus afectos, que a gritos le estaban diciendo que iban a ayudarlos pero hasta entonces había practicado con ellos oídos sordos.

Ahí fue cuando comprendió que esa soga era corta porque él mismo la había acortado anudandola, y hasta que no se preocupara por solucionar cada uno de esas ataduras, que solo él podía desatar, no iba a escuchar a su entorno, ni a sí mismo.

Con un poco de esfuerzo, y con ayuda de los habitantes de aquel otro lado, el otro lado fue su lado, y su lado, comenzó a ser otro lado, lejano e indiferente, pero presente siempre que un nudo quisiera interrumpir su felicidad.

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