martes, 8 de junio de 2010

Des-encuentro

Cuando empezó ese otoño no creí que las cosas iban a estar así. Miré por la ventana y solo pude ver pasar un auto ligero, apurado. ¿Quién puede estar apurado en otoño?

No encontraba el momento del día para dar mi paseo diario en bicicleta… A la mañana hacía mucho frío, a la tarde se duerme la siesta, porque todos en este nuevo pueblo duermen la siesta, y mamá dice que es un peligro ir por la calle cuando no hay un alma. Y la nochecita es devorada por el otoño. No existe nochecita posible, como en primavera que cuando llega el atardecer uno disfruta de entrecerrar los ojos y ponerse algún que otro abrigo finito. No, estoy lejos de mis amigos, no tengo tiempo para pasear en bicicleta, que tanto me gusta, y es otoño. Miro el árbol enorme que se vislumbra por la ventana y me doy cuenta de que pobrecito, se está quedando sin hojas. Toda la vereda se ve inundada de hojas amarillas, ni siquiera son verdes esperanza, y todo porque es otoño.

Seguí mirando por la ventana pero sin ver nada, como cuando escuchas la televisión y no sabés que estas mirando, o cuando mamá me habla de lo lindo que es este nuevo pueblo en el que vivimos, que no la escucho. Después de un largo rato me di cuenta, y que tonta fui, ¿cómo no me di cuenta antes? El pobre arbolito se estaba quedando sin hojas y yo preocupada por mi paseo en bicicleta.

Pobre el arbolito, solo le quedan pocas hojas, pero yo estoy peor, yo estoy sin amigos acá en este barrio nuevo. A él todavía le queda alguna que otra hoja, pero yo estoy a kilómetros y kilómetros de mis amigos, no puedo agarrar la bici para ir a visitarlos, porque es otoño.

A la mañana siguiente me decidí. No aguantaba más el encierro en esa casa, porque todavía no es mi casa, yo me sigo sintiendo una extraña ahí. Pero no fui en bici, ahora estaba encaprichada, me dieron ganas de caminar, aparte así es más fácil de recordar lugares nuevos. En la bici no les doy bola. Mi paseo fue bastante largo, más de lo que yo esperaba, porque no fue fácil ubicarme en este pueblo. En el camino pensé un montón en el arbolito de la puerta de la casa en la que ahora vivo. Está bien que a él le queden hojas todavía, no me tengo que poner celosa. También pensé en cuánto extrañaba a esas personas que tengo tan lejos y cuánto iba a tardar en tener nuevas amistades. No encontré muchas respuestas, solo caminé y me llené de preguntas, como el piso de hojas amarillas.

Cuando volvía sentí algo raro, desesperación, angustia, no sé cómo llamarlo. Di dos o tres pasos más y entendí todo. El árbol se estaba por quedar sin hojas, y yo no hacía nada por él. Corrí lo más que pude, pero cuando llegué ya era tarde, la última hoja del viejo roble estaba volando por el aire, llegando al suelo más lenta que nunca, como si supiera que era la protagonista de ese momento. Tan concentrada estaba en ver el vuelo de la hoja que no pude darme cuenta de quién estaba sentada en la vereda de la nueva casa: Azul, mi amiga azul, ¿qué digo amiga? Mi hermana Azul estaba ahí y yo no podía sacar mi vacío en el alma por ver tan pobre y vasto de amor al viejo árbol.

Ahí me di cuenta. El arbolito y yo no podíamos ser felices al mismo tiempo. Él tenía sus hojas y yo estaba sola, el tiene su soledad y yo tengo a mi amiga. Nunca vamos a estar los dos contentos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario